México entra a la guerra contra el celular en las aulas: “No quiero terminar embobado como los otros niños”

Niños observan un videojuego en el celular, en Ciudad de México, en julio de 2025. Moisés Pablo Nava (Cuartoscuro)

El Gobierno de Claudia Sheinbaum busca restringir el uso de dispositivos en las escuelas, a la vez que las familias advierten de que el desafío no está solo en retirar las pantallas de los colegios. Todos los pasatiempos de Valentina Espinosa Flores caben en la pequeña pantalla de su teléfono celular. Allí aprendió a tocar las teclas del piano antes de comprarse “uno de la vida real”. Estudia inglés en una aplicación y hace lo que más le gusta, que es dibujar. Aun así, agradece que sus padres le ayuden a controlar su tiempo en pantalla. Tiene 14, cursa el segundo año de secundaria en Ciudad de México y reconoce las contradicciones de su “relación tóxica” con el teléfono: le encanta pasar el tiempo allí, aunque cree que la distrae de “otras cosas importantes”. A esas y otras discrepancias se enfrenta también el Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, que prepara una estrategia para que los niños mexicanos suelten el celular en el que pasan hasta siete horas cada día, a la vez que reconoce la importancia de integrar la tecnología en las aulas.

La Secretaría de Educación Pública, en manos de Mario Delgado, busca llevar a todo el territorio una medida que ya han adoptado varios Estados. Querétaro fue pionero en prohibir el uso de celulares en las escuelas. A un año y medio de la aplicación de la medida, el gobernador Mauricio Kuri reconoce que el camino “representa retos”, pero defiende la decisión por los riesgos como problemas de salud mental, la pornografía y el acoso digital. Después siguieron Guanajuato, Morelos, Aguascalientes, el Estado de México y Ciudad de México, con diferentes restricciones.

En la práctica, la realidad es otra. Espinosa cuenta que sus 40 compañeros utilizan el teléfono todos los días durante las clases. Una batalla de todos los días, en la que los profesores retiran los dispositivos para entregarlos al final de la jornada. El conflicto no desaparece con ese tira y afloja. “Prohibir es convertir a los padres y docentes en responsables de vigilar el comportamiento digital de los menores”, afirma José Antonio Pérez Islas, investigador especializado en juventudes.

El problema no es solo el tiempo que los jóvenes están conectados, sino la manera en que se relacionan con ese mundo. “En el momento en que se prohíben las cosas es cuando más se busca usarlas”, sostiene. Su propuesta es aprovechar nuevas pedagogías, como los videojuegos, para encontrar otras formas de vincularse con los jóvenes, y utilizar la tecnología en lugar de convertirla en un enemigo. Para ello también es esencial que los profesores, con una brecha generacional importante de uso y aprovechamiento, reciban capacitación. Los jóvenes califican con 7.67 sobre 10 el uso de la tecnología para enseñar en los salones, la nota más baja a sus docentes entre rubros como la asistencia, contenidos y la preparación. Son datos de la encuesta Jóvenes en México 2026, publicada este mes por la Fundación SM a través del Observatorio de la Juventud en Iberoamérica.

Las otras cifras que presenta el Gobierno para dibujar el problema son: los menores pasan hasta siete horas diarias frente a la pantalla, a más del 83% de los padres le preocupa esos hábitos y más del 70% de jefes de familia está a favor de regular su uso. La exposición excesiva está asociada, además, con problemas de ansiedad, depresión y pérdida de sueño.

Los propios jóvenes están empezando a cuestionar su relación con las pantallas. Cecilia Espinosa, directora de la Fundación SM, señala que el 57% de los 1.200 participantes entre 15 y 29 años afirma haber tenido una saturación que les lleva a tener la necesidad de desconectarse. “El uso del celular los aísla físicamente de las conversaciones y de la socialización presencial, pero al mismo tiempo los mantiene conectados al mundo a través de las redes sociales e internet”, señala Espinosa.

Samael Cruz Martínez, de nueve años, lo llama “estar embobado”. El niño, que está por entrar a cuarto de primaria, no tiene un celular propio, a diferencia de sus 20 compañeros de clase. Su crítica es para quienes le rodean. “A veces los adultos están con el celular respondiendo mensajes. Me preguntan cosas y ni me escuchan por estar pegados ahí”, dice. Y a él, que le gusta ver videos o jugar videojuegos se dice consciente de las distracciones: “Apenas me entran las cosas a la cabeza por el ruido en el salón, si todos tuvieran teléfono no les entraría nada. Se la pasarían pensando en el Nintendo o el celular y olvidarían lo que enseñaron”, asegura. “No quiero terminar embobado como los otros niños”, asegura.

Para Pérez Islas, sin embargo, ese aislamiento no puede explicarse únicamente por las pantallas. Los jóvenes tienen un sentido del futuro más acotado al presente, en un contexto de empleos precarios, problemas económicos y dificultades para acceder a una vivienda propia. Además, cuatro de cada diez siente que en la escuela no les enseñan nada productivo o que no son escuchados en sus familias.

Los padres sienten lo mismo de vuelta. A Valentina Espinosa le han instalado una aplicación que no la deja usar el teléfono por más de cuatro horas. Su madre, Verónica Flores, ama de casa, dice que “quiere que convivan en familia”. O cualquier otra cosa, “que sea de provecho”. Adela Flores, de 43 años y madre de dos adolescentes, comparte la sensación. Considera que antes de los 15 años los menores no necesitan necesariamente un teléfono y defiende que tengan más oportunidades para jugar, andar en bicicleta, practicar actividades físicas y relacionarse “cara a cara”.

Juan Martín Pérez García, de Tejiendo Redes Infancia, pide alejar la mirada: el problema no puede reducirse al teléfono ni trasladarse únicamente a las familias. El especialista pide que los propios menores participen en las decisiones que afectan su relación con lo digital. Acusa, además, que la medida no pasa por legislaciones a las corporaciones y plataformas digitales, que tienen diseños destinados a mantener enganchados a los usuarios, en una dinámica donde los más jóvenes son lo más vulnerables.

Espinosa concluye que sacar completamente la tecnología de las aulas “va en contra de la realidad”. La alternativa es educar en cultura digital a niños, jóvenes, padres y responsables de la educación por igual.

Noticias Relacionadas