Cómo el código postal afecta a la infancia: “El cerebro de un niño pobre parece el de uno rico que no ha dormido y está estresado”
Investigadores estadounidenses hallan que el coste de criarse en un barrio pobre se refleja en la estructura y conectividad de regiones motoras y sensoriales del córtex, y no en las cognitivas
Las oportunidades son distintas dependiendo de dónde nacemos y crecemos. No es lo mismo tener a mano un centro de salud, un polideportivo o un parque por el que caminar que tener que cruzar la ciudad para llegar a ellos, o contar o no con un medio de transporte con el que hacer ese trayecto. La segregación por barrios en las ciudades acaba concentrando en una misma área multitud de factores que construyen el contexto en el que vive su población. Y ese contexto condiciona mucho la salud de quienes viven bajo su influjo.
Hace años que se señala a los determinantes sociales de la salud para hablar de las circunstancias a las que las personas estamos expuestas a lo largo de nuestra vida y que definen la probabilidad de que suframos muchas enfermedades. Educación, alimentación, contaminación, vivienda o trabajo… llevan asociados factores de riesgo que escapan de nuestro control cuanto menor poder adquisitivo tenemos, ya que, como reconoce la Organización Mundial de la Salud (OMS), están determinados por fuerzas políticas y económicas ajenas a la medicina.
La población infantil es aún más vulnerable a las condiciones de su entorno y las oportunidades de prosperar se reducen cuanto más obstáculos tienen que superar, y su frecuencia aumenta según desciende el ascensor social. Sin embargo, es difícil desentrañar, de entre la multitud de factores que se solapan, cuáles son los que más condicionan, por ejemplo, el rendimiento académico en la escuela. Esto ha llevado en ocasiones a asumir que la inteligencia, difícil de medir más allá de los tests disponibles, la determinan rasgos biológicos con los que nacemos, obviando el contexto social y económico.
Mapas cerebrales de la desigualdad
La revista Science publica este jueves un estudio estadounidense que ha encontrado que numerosas variables ligadas al estatus socioeconómico, como la falta de sueño o un mayor estrés, explican la estructura y función del cerebro en población infantil de 9 y 10 años. Para ello, escanearon el cerebro de casi 12.000 niños y niñas estadounidenses para mapear, a lo largo de sus distintas regiones, más de 600 variables de categorías tan diversas como salud física y mental, personalidad, cultura de su entorno, capacidades cognitivas, tiempo dedicado a las pantallas o los ya mencionados factores socioeconómicos.
Estas técnicas se conocen como brain-wide association studies o BWAS. Con ellas se pueden trazar mapas de la superficie del cerebro donde la topografía del córtex (la superficie de nuestro encéfalo) y las conexiones entre sus distintas regiones aparecen asociadas a variables que explican su naturaleza. Es decir, permiten esclarecer si el grosor de cierta parte del cerebro, o lo mucho o poco conectada que está con las aledañas, está relacionado con la alimentación, la exposición a contaminantes o la personalidad.
El hallazgo del equipo liderado por Nico Dosenbach, de la Universidad Washington en San Luis, es claro. En palabras suyas proporcionadas en la previa al lanzamiento de este estudio: “El cerebro de un niño con un contexto socioeconómico bajo parece el de un entorno socioeconómico alto que no ha dormido y está estresado”. Y apunta: “No es un cerebro menos inteligente, sino cansado y estresado. Lo bueno es que ambas cosas se pueden modificar. Si encontrásemos la manera de mejorar el sueño y reducir el estrés de los niños en hogares con menos oportunidades socioeconómicas, quizás podríamos reducir estas diferencias en el cerebro”.
De acuerdo con el estudio, parece que las principales alteraciones en el cerebro de los niños con peores condiciones socioeconómicas afectan a los sistemas relacionados con el movimiento y las sensaciones físicas, y no directamente a las regiones del “pensamiento”. Como resultado, lo que pueden parecer diferencias cerebrales en capacidades cognitivas son más bien el reflejo de las dificultades del día a día, que producen fatiga y estrés crónico, nada que ver con la capacidad intelectual de los niños. Tampoco se encontró ningún vínculo con factores como el sexo o la raza.
No es inteligencia, son ingresos y oportunidades
El matiz sobre la inteligencia en los niños criados en diferentes contextos socioeconómicos es importante y el estudio también arroja luz sobre este asunto. Los casi 12.000 mapas del cerebro elaborados mediante BWAS permiten a Dosenbach asegurar a EL PAÍS que “la condición socioeconómica no afecta a las regiones cognitivas, y la genética apenas explica una mínima parte de la variabilidad en el cociente intelectual (IQ)”. Por sus observaciones, también afirma que “los cocientes intelectuales más altos en niños con mejores condiciones socioeconómicas se deben a que, en promedio, duermen más y están menos estresados, no a que sean más inteligentes”.
Las regiones del cerebro donde el código postal parece tener un mayor impacto son las motoras y sensoriales primarias, que también se asociaron consistentemente con señales de excitación neurológica y con el tiempo dedicado a las pantallas. Curiosamente, y aquí está la clave para descartar la vinculación entre cociente intelectual e inteligencia innata, en los mapas dicho cociente no se asoció con las regiones ligadas a la cognición compleja (prefrontal y parietal), sino con las mismas del contexto socioeconómico.
La explicación de Dosenbach es que, en realidad, el cociente intelectual está explicado en esos mapas por el estatus socioeconómico. Dicho de otro modo, y tal y como lo demuestran en el estudio, cuando eliminan del mapa el efecto del código postal, el tradicional indicador de inteligencia se difumina en ese mapa y ya no se puede asociar del mismo modo a quienes, momentos antes de excluir ese factor, parecían tener, además de más oportunidades en la vida, más inteligencia.
“El elefante en el cerebro”
La reacción de Scott Marek, el primer firmante del artículo, ante estos resultados fue de sorpresa: “Sabía que las oportunidades socioeconómicas importaban, pero no pensaba que lo hicieran tanto. Simplemente, eclipsaron todo lo demás”. Desde entonces, llama al hallazgo “el elefante en el cerebro”. Dosenbach es optimista: “Las oportunidades socioeconómicas no son como el destino. Los efectos de la privación del sueño y el estrés son al menos parcialmente reversibles, por lo que si la sociedad o las circunstancias de un individuo cambian, el cerebro cambiará con ellos”, reflexiona.
También apunta en este sentido Eloísa Herrera González de Molina, del Instituto de Neurociencias (CSIC-UMH), que no participa en el estudio: “En neurociencia del desarrollo, sabemos desde hace mucho tiempo que el cerebro infantil es extraordinariamente plástico y que su maduración depende de las condiciones en las que se desarrolla. Yo interpretaría el trabajo como la detección de una señal socioambiental muy potente que resume muchas condiciones de vida. El mensaje es que el cerebro infantil registra las condiciones en las que vive y, desde mi punto de vista, estos deberían servir para recordar que reducir desigualdades no son solo objetivos sociales o educativos, sino también potenciales estrategias de salud cerebral infantil”.
María del Val Sandín Vázquez, profesora de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Alcalá, advierte de que “el nivel socioeconómico es complejo y multidimensional y este estudio utiliza variables que pueden no captar completamente aspectos como las relaciones familiares, el capital social, la resiliencia individual o las diferencias culturales. No obstante, y pese a la naturaleza observacional del diseño, el estudio tiene una importante implicación ética y social y respalda la necesidad de políticas públicas dirigidas a reducir la pobreza, mejorar las condiciones de vida y favorecer entornos saludables para los niños”.
Manuel Franco, investigador Ikerbasque en Epidemiología y Salud Pública en el Basque Centre for Climate Change (BC3), considera “estremecedor” ver “cómo los efectos de las diferencias socioeconómicas son tan palpables en edades tan tempranas y en algo tan importante como el desarrollo cerebral” y señala las similitudes con estudios que también asocian la falta de sueño y el uso excesivo de pantallas con la obesidad infantil. “Este impacto se está viendo en todo el mundo y se suma a la importancia de regular el uso de pantallas y redes en menores”, señala Franco.
Respecto a la población en la que se centra el estudio, reflexiona: “Estados Unidos es el país de las desigualdades. Allí, la brecha de la esperanza de vida no ha dejado de crecer en los últimos 20 años y la diferencia entre los grupos poblacionales a los que mejor les va y a los que peor es de 20 años. El estudio muestra que esa diferencia empieza desde la infancia y refuerza la importancia de poner el foco en los más desfavorecidos y empezar desde temprano para reducir la brecha”.
