Una ‘Pompeya vegetal’ de hace 74 millones de años reescribe la historia de las plantas

Una ‘Pompeya vegetal’ de hace 74 millones de años reescribe la historia de las plantas

El descubrimiento de un bosque fósil, sepultado por una enorme erupción volcánica en tiempos de los dinosaurios, cuestiona la evolución de las primeras flores y frutos producidos por las angiospermas

Las angiospermas, las plantas con flores, dominan hoy el planeta. Se estima que el 90% de las miles de especies vegetales tienen flores, semillas y estructuras (llamadas diásporas) para protegerlas y propagarse. Pero no siempre fue así. De hecho, aparecieron hace unos 130-135 millones de años en el Cretácico, cuando la vida ya llevaba miles de millones de años evolucionando en el planeta. Hasta ahora se creía que al principio su presencia fue muy discreta, opacada por las coníferas, helechos, cícadas (similares a las palmeras), todas ellas gimnospermas que dominaban el paisaje. Era algo parecido a lo que les sucedió a los primeros mamíferos, oscurecidos por el reinado de los dinosaurios. La idea dominante es que solo tras su extinción fue cuando las plantas con flores —como también sucedió con los mamíferos— crecieron, se multiplicaron y colonizaron la Tierra. Pero acaba de encontrarse todo un bosque fósil, de antes de esa extinción masiva, y es tan rico en angiospermas que ese relato se ha caído.

“Es uno de los conjuntos de plantas fósiles del Cretácico más diversos conocidos hasta la fecha”, cuenta Jaemin Lee, investigador de la Universidad de California Berkeley (Estados Unidos) y primer autor de la investigación que analiza este descubrimiento. “Hay árboles gigantes de angiospermas leñosas conservados en posición de crecimiento, incluido el tronco de angiosperma del Cretácico más grande conocido a nivel mundial, de más de 1,8 metros de diámetro”, añade Lee. Aunque también hay coníferas emparentadas con las gigantes secuoyas y otras, encontraron medio centenar de diásporas, identificando 77 formas de distintas plantas con flores y están trabajando para identificar otra cantidad similar.

El hallazgo, cuyos detalles ha publicado la revista Science, se ha producido en la llamada Formación Jose Creek, en Nuevo México (Estados Unidos). Estiman que este bosque tan diverso fue enterrado por la ceniza de una enorme erupción volcánica hace unos 74,6 millones de años. La fecha es importante; aquella formación rica en plantas con flores con al menos 77 formas diferentes de diásporas estaba ahí casi 10 millones de años antes de que un meteorito o asteroide se llevara por delante a los dinosaurios y muchas otras formas de vida y, se supone, dejando el camino expedito para otras formas de vida, como los mamíferos o las angiospermas.

“Se podría decir que es como una Pompeya botánica, donde los depósitos de ceniza conservan todo en su lugar y podemos reconstruir la estructura del bosque”, destaca Lee. Como sucediera con la ciudad romana congelada en el tiempo por la erupción del Vesubio, en Jose Creek, las plantas quedaron atrapadas, lo que permitió la fosilización de estructuras completas. “Estas diásporas se conservan junto con diversas hojas y flores, transportadas desde las copas de los árboles hasta el suelo del bosque por la ceniza”.

Lee aclara que no todo se ha conservado, por la naturaleza de la materia vegetal, por la propia erupción o por el paso del tiempo: “Hay diásporas que no se han identificado sistemáticamente, por lo que no podemos compararlas con frutos actuales específicos”. La ceniza capturó una gran diversidad, pero no preservó las estructuras internas de las diásporas. “Funcionalmente, para algunos de los tipos grandes y carnosos, podemos imaginar algo parecido a las manzanas silvestres o los arándanos”, añade el investigador de Berkeley, quien señala que “es posible que las características de los frutos nos resulten un tanto desconocidas”.

La forma y estructura de flores, frutos y semillas son el resultado de la interacción evolutiva entre la planta y los animales o

agentes dispersores, como por ejemplo el viento. “El color o el olor de los frutos carnosos están estrechamente relacionados con

los sentidos de los vertebrados que los consumen y dispersan, ¡y teníamos grupos de plantas y animales muy diferentes en el

Cretácico Superior!”, termina Lee.

El descubrimiento desmonta la idea de que las plantas con flores solo colonizaron el planeta tras la extinción de los dinosaurios. “Las semillas carnosas de gimnospermas, como las producidas por ginkgos y cícadas, eran consumidas y dispersadas por

grandes herbívoros no mamíferos a principios del Mesozoico [era a la que pertenece el Cretácico]”, recuerda la paleobotánica

Cindy Looy, también de la Universidad de California Berkeley y autora sénior del estudio, para quien no hay por qué suponer

que les hubiera resultado difícil hacer lo mismo con las primeras diásporas carnosas de angiospermas. “La flora de Jose Creek

corrobora que probablemente esto fue lo que ocurrió y que las plantas con flores produjeron una amplia gama de tamaños de

diásporas mucho antes de la extinción masiva del final del Cretácico”, concluye Looy.

Para José María Gómez Reyes, responsable del departamento de ecología funcional y evolutiva de la Estación Experimental de

Zonas Áridas (EEZA-CSIC), en Almería, esta investigación redibujará algunas ideas preconcebidas. “Los descubrimientos que salen

a la luz en este estudio apoyan una idea ya sostenida por algunos biólogos evolutivos: que la interacción entre las plantas y los

animales que dispersan sus semillas es muy antigua, anterior incluso a la diversificación de los principales grupos de

dispersantes actuales, mamíferos placentarios y neoaves principalmente”, opina.

Al investigador de la EEZA le llama la atención que hasta el 23% de las diásporas encontradas sean frutos carnosos relativamente

grandes, de tamaño similar al de muchos frutos silvestres actuales. “Todo esto sugiere que la endozoocoria, un modo de

dispersión frecuente en la actualidad, donde los animales ingieren frutos enteros, digieren la pulpa y luego excretan en sus

heces las semillas que han sobrevivido al tracto digestivo, no era rara en la época de los dinosaurios”. También parece probable

que existiera ya la sinzoocoria, la dispersión de frutos no carnosos (tipo nueces o avellanas) dispersados por animales que, en

vez de ingerirlos, los transportan usualmente en la boca y los guardan para más adelante.

“Los descubrimientos de este estudio no solo tienen valor por sí mismos, sino que además abren un sinfín de interrogantes”,

señala Gómez Reyes, que no ha intervenido en el trabajo. “¿Quiénes actuaban como dispersantes endozoócoros en el Mesozoico? ¿Los dinosaurios celurosaurios, los pterosaurios, algunos mamíferos hoy extintos, como los multituberculados, u otros grupos aún desconocidos?”, se pregunta este investigador. “¿Existía ya en aquella época tan remota alguna especie vegetal

dispersada por sinzoocoría, un modo de dispersión que depende de animales con comportamientos de almacenamiento y

capacidades cognitivas avanzadas?”, añade. Habrá que esperar a otro hallazgo similar para responder.

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