El misterio de las mujeres abrazadas en una tumba del medievo: “La genética no puede explicar su vínculo”
El ADN desvela que el abrazo de la tumba medieval de Opole es entre dos mujeres que no eran parientes y abre una incógnita: ¿Eran amigas, monjas, pareja?
Excavar una necrópolis humana exige, además de paciencia y mucho cuidado, una gran imaginación para intentar descifrar las escenas silenciosas congeladas en el tiempo. Pero a veces no es suficiente. En 2023, un equipo de arqueólogos encontró dos cuerpos adultos fundidos en un abrazo durante la excavación de una serie de enterramientos del siglo XIII junto a una catedral en Opole, Silesia (Polonia). No bastó con conocer el contexto histórico y social de la época para comprender ese tierno hallazgo.
No es la primera vez que se descubren los restos de dos personas abrazadas. Solo en este siglo, se ha desenterrado a los “amantes de Valdaro” en Italia (de hace 5.000 años), los de Diros en Grecia (5.800 años) o los hallados en el norte de China (1.500 años). Pero, ¿qué significa un gesto como ese? De dos cuerpos entrelazados se intuye un vínculo muy próximo, sea o no biológico, y se suele inferir que, si son adultos, debieron ser familia o pareja, tradicionalmente. Y por defecto, pareja heterosexual. Es difícil despojar a las conjeturas de la mirada presentista y sesgada por la cultura de cada cual y, por eso, la ciencia trata de esquivarlas.
El ADN antiguo revela el sexo de la pareja
Confirmar el sexo de individuos de los que apenas quedan algunos huesos en mal estado, como en el doble enterramiento junto a la catedral de la Exaltación de la Santa Cruz de Opole, no es fácil. En la pareja de Diros, en 2015, se pudo reconocer a una mujer y un hombre por la morfología de sus huesos, mientras que, en 2019, una proteína dental reveló que los “amantes de Módena” eran en realidad dos hombres. Esto último sorprendió al mundo y, ahora, vuelven a hacerlo los resultados del enterramiento polaco.

A los esqueletos abrazados de Opole, muy degradados, no se les pudo asignar un sexo ni anatómicamente ni a través del esmalte dental. Hicieron falta técnicas más recientes de análisis de ADN antiguo que ha llevado a cabo un equipo liderado por investigadoras de la Universidad de Kiel, Alemania, y de la Academia Polaca de Ciencias. Así es como han descubierto con garantías que se trata de dos mujeres adultas que no estaban emparentadas entre sí.
“Es extraordinario poder descubrir que dos personas, enterradas juntas varios siglos atrás, fueron madre e hijo, hermanos o individuos sin ningún parentesco, pero unidos por un vínculo social o cultural. Y también lo es que estas conexiones biológicas o sociales puedan detectarse siglos más tarde a través de fragmentos de ADN que han sobrevivido al paso del tiempo”, reconoce a EL PAÍS la investigadora Joanna Romeyer-Dherbey, ahora en la Universidad de Yale. En este caso, bastaron un molar y un hueso craneal para obtener el material genético, degradado pero suficiente.
Sin molécula que revele el vínculo personal
Sin embargo, hay algo que ni el ADN antiguo puede contarnos: el vínculo que unía a estas dos mujeres. ¿Por qué las enterraron juntas y abrazadas? Bracchia collo circumdare, poner los brazos alrededor del cuello, es la expresión latina de donde proviene abrazo y la manera en que una de las dos fue colocada, su brazo derecho tras la cabeza de la otra. Un gesto transcultural que se ubica en el perímetro de lo íntimo, sin lugar a dudas, y también desde la proxémica, que estudia cómo usamos el espacio al relacionarnos. Pero, ¿cómo de íntimo fue este vínculo?
Es inevitable hacerse esta pregunta, a la que las autoras dedican buena parte de la discusión sin acercarse a una posible respuesta. “El parentesco biológico y el social no son lo mismo. Nuestro análisis del ADN muestra que las dos mujeres no tenían un vínculo sanguíneo cercano, pero la genética no puede decirnos cómo estaban conectadas social o emocionalmente”, explica la investigadora.
Al preguntarles por la posibilidad de que fueran pareja sentimental, no rechazan la posibilidad, pero la evidencia disponible no les permite “determinarlo con confianza”. Y ponen el foco en lo que las pistas arqueológicas sí pueden añadir sobre la identidad de esta pareja, más allá de lo que ha revelado su ahora maltrecho ADN. “La posición en la que fueron enterradas sugiere una relación próxima y significativa, pero debemos tener cuidado de no proyectar conceptos modernos de identidad y relaciones sobre individuos medievales”, advierten.
Entre los posibles vínculos que contemplan está el de amigas cercanas, convivientes, compañeras de comunidad religiosa o parientes de adopción, pero también podrían estar conectadas por otro vínculo social importante que el registro arqueológico no muestra. Aunque la duda permanezca abierta, para ellas “lo importante de este enterramiento es que demuestra que las uniones sociales, más allá del parentesco, podrían ser suficientemente importantes como para expresarlas en los ritos funerarios de la época”.
En su artículo científico también apuntan a las creencias que había en torno a la muerte en época medieval para intentar descifrar este abrazo eterno. El miedo a que el alma pudiera permanecer en la Tierra “vagando atormentada” después de la muerte podría llevar a tratar con mucho cuidado la manera en que se enterraba a personas con vínculos muy cercanos, como madres e hijos o matrimonios, para evitar que sus almas se separasen al morir.
La importancia del lugar que ocupan en la necrópolis
Además de la postura de los cuerpos, el lugar que ocupa este doble enterramiento en la necrópolis ha permitido al equipo conjeturar sobre la posición social de la pareja gracias al contexto histórico. Parece que, en la Edad Media, la proximidad de una fosa a las paredes del templo denotaba el prestigio de las personas enterradas en ella, pues estaba reservado a personas de la élite, como la realeza o los nobles.
También se empleaba para otorgar estatus religioso, ya que se creía que estar enterrado junto a un templo mejoraba la posición
espiritual y cercanía a lo divino. Esto les ha servido también como argumento en contra de la posibilidad de que estas mujeres fueran pareja. Como escriben, es improbable que enterraran en un lugar tan distinguido a personas que hubieran violado los
principios de la fe del cristianismo medieval, refiriéndose, al parecer, a su hipotética relación homosexual.
Ante este hallazgo, Vanessa Villalba-Mouco, líder del grupo de Arqueogenómica del Instituto de Biología Evolutiva (IBE-CSIC-UPF),
sugiere más cautela a la hora de descartar vínculos biológicos distantes entre las dos mujeres de Opole. Su argumento es que “la
detección de parentesco mediante ADN antiguo tiene límites de resolución bien conocidos y la fiabilidad disminuye
considerablemente al intentar detectar parentescos de tercer grado en adelante”.
Su disciplina, que aúna arqueología y genómica gracias al creciente desarrollo de las técnicas de secuenciación de ADN y de
manejo de restos antiguos de esta molécula, está ayudando a desvelar las conexiones entre personas y poblaciones que la
arqueología solo puede conjeturar. Pero Villalba-Mouco también reconoce sus limitaciones: “Puedes tener los mejores
protocolos del mundo y encontrarte con un individuo que apenas conserva ADN, así es la arqueogenómica”.
La investigadora cree que sería interesante ampliar el estudio al conjunto del cementerio para investigar si estas dos mujeres
presentan vínculos biológicos con otros individuos enterrados dentro o fuera de la iglesia. Esto, explica, “permitiría reconstruir la
red de parentesco de esa comunidad para contextualizar mucho mejor este enterramiento dentro de la estructura biológica y
social de la población”.
Para el equipo que ha liderado la investigación, estudiar este abrazo ha permitido mostrar que las relaciones sociales en época
medieval eran, probablemente, más complejas de lo que se puede reconstruir únicamente a través de la genética. Villalba-Mouco añade a esto la importancia de “integrar evidencias arqueológicas, antropológicas y genéticas antes de formular interpretaciones sobre las relaciones humanas del pasado”.
