Pasta de Conchos, dos décadas de lucha; familias exigen verdad y justicia
Tras dos décadas de lucha y espera, los restos de 25 mineros ya fueron recuperados, 23 ya fueron identificados y entregados a los suyos; sin embargo, para los deudos no es suficiente pues aún esperan respuestas
“Aquí salió papá”, señala Martha Iglesias en una mañana congelante de enero, mientras apunta a la zona de las rampas en la mina Pasta de Conchos, en San Juan de Sabinas. Fue el 4 de diciembre de 2024, a las 9:36 de la noche, que los restos de su padre, Guillermo Iglesias, fueron desenterrados de la mina.
Pasaron casi dos meses para que las autoridades le notificaran que aquellos restos eran, en efecto, los de su papá.
No muy lejos de la mina donde Martha recuerda la tragedia y la recuperación de los restos—a unos 15 minutos de distancia—vive María de Lourdes Aguilar Flores, viuda del minero Fermín Tavarez Garza. Ella mantiene la esperanza de que entre los restos de los dos últimos mineros que fueron recuperados en enero de este año, estén los de su esposo.
“Le pido a Dios que me conceda eso, que sea mi esposo”, platica conmovida en la cochera de su casa.
Para ella, la recuperación e identificación de los restos de 23 mineros es un sentimiento de alegría y tristeza. “Quiero que sea mi señor. Haz de cuenta que no fue ayer, 20 años ya son pesados”, dice.
Este 19 de febrero se cumplen 20 años de la tragedia que enlutó a la región carbonífera de Coahuila: 65 mineros de Industrial Minera México, de Grupo México, perdieron la vida, 63 quedaron sepultados. Desde entonces, gobiernos pasaron y negaron el rescate argumentando que “era imposible”, “que ponía en riesgo la seguridad”, que “la mina estaba inundada”, que “el agua estaba contaminada”. Sin embargo, durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador —2018-2024— iniciaron los trabajos para ingresar a la mina.
A la fecha, después de cuatro años de iniciados los trabajos por parte de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), se han recuperado los restos de 25 mineros, 23 ya fueron identificados.
Para 23 familias, como la de Martha Iglesias, la espera después de 20 años terminó. “Es como un regalo de Dios que te abraza, que te da paz”, comenta. Para otras, como Lourdes Aguilar, es un sentimiento de desesperación. “Me da mucho sentimiento. Ya me canso, ya me fastidio”, reclama.
Sin embargo, las familias cargan un discurso en común. A 20 años de la tragedia, desenterrar cuerpos no basta. A 20 años de Pasta de Conchos, buscan la verdad, buscan la justicia.
Los sentimientos
Lourdes Aguilar está cansada. Son 20 años de lucha. Son 20 años en los que —dice— se han enfrentado al gobierno y a la empresa. Dos décadas en las que les aseguraron que no se podía dar el rescate.
Lourdes tenía 28 años cuando ocurrió el siniestro. Junto a su esposo Fermín procreó un hijo, que hoy ya tiene más de 20 años. Su hijo se acaba de graduar de la universidad. Cuando habla de ello, de su hijo que creció sin padre, el sentimiento de desolación aflora.
[A su hijo] “me lo dejó muy chiquitito, un año y tres meses. No lo conoció. No lo trató ni nada. Hay muchos que quedaron muy chiquitos. Él le pedía tanto a Dios verlo crecer, verlo que estudiara, lo anhelaba, y no se le cumplió”, lamenta Lourdes.
Comenta que ahora que han comenzado a recuperar los restos de los mineros, su hijo le pregunta: “¿Ya oyó que hallaron dos más?”. Lourdes le dice que todavía no informan quiénes son. Otras ocasiones se queda callada. A la madre y esposa se le ruedan las lágrimas.
“Ya quiero que salga para deslindarme de todo esto, porque sí es cansado. Volver a lo mismo, y me da mucho sentimiento”, comparte.
Sin embargo, las familias afectadas no se deslindan tan fácilmente. Martha Iglesias continúa visitando la mina a pesar de haber recibido los restos de su padre. Fue el 19 de enero de 2025 que avisaron a Martha y su familia que los restos que habían salido de la mina el 4 de diciembre correspondían a Guillermo, su papá. Esa fecha, el 19 de enero, su madre cumplía años de haber fallecido.
“Fue bonito. Siempre decía: ‘Él es papá’. Yo había sentido”, recuerda Martha Iglesias porque en un sueño alguna vez su padre le dijo que estaba en la galería 18. “Es algo que ellos ponen en nuestro corazón. Yo pienso que papá quería salir. Cuando empezaron a salir por ahí, yo dije: de aquí soy, de aquí no me muevo”.
Su papá tenía 58 años. Trabajaba de tercera, y esa madrugada —la del 19 de febrero de 2006— hacía mucho frío. Martha todavía recuerda la vibración de las ventanas de su casa a las 2:15 de la mañana. Horas después su padre no regresó a casa y les avisaron que la mina había explotado.
“Era un día frío, no nos dejaban pasar. Estaban resguardando el área”, recuerda Martha Iglesias sobre aquellas primeras horas.
Para ella no se trató de un accidente. Su padre, un minero con experiencia, les había comentado que la mina presentaba problemas, había mucha negligencia y que les faltaba el aire.
Sus sospechas se acumularon durante 20 años, dos décadas en las que por momentos sintió que la esperanza huía, en que la lucha parecía en vano. Sin embargo, el rescate de los cuerpos de 23 mineros confirma, para Martha, que el rescate era posible, y que probablemente muchos estuvieron vivos las primeras horas.
“Cuando me entregaron a mi papá, me dieron el diagnóstico de cómo murió. Que él cayó en un derrumbe [y] al caer una piedra colapsó su costilla en el corazón y eso provocó su muerte. Él tenía una rodilla doblada. Saber que pudo estar vivo y no lo sacaron, y que después se cayó la mina. La mayoría son cuerpos completos los que han sacado. No se quemaron, no se desintegraron como dijeron. No quisieron hacer la recuperación”.
Verdad y justicia
Martha Iglesias asegura que no sólo buscan la recuperación de un cuerpo, sino también la verdad. “¿Qué pasó allá abajo?”, pregunta la hija. “No fue como dijeron, no estaban quemados. Queremos la verdad”, insiste.
No se trata de sacar un cuerpo de un pozo para meterlo a otro, como muchos dijeron en su momento, indica. “Allí está enterrada la verdad y hay que sacarla”, recalca. No son sólo huesos, es evidencia para esclarecer las responsabilidades de la empresa, puntualiza.
Admite desconocer si el delito prescribió, pero considera que cuando se trata de una muerte laboral, las carpetas de investigación deberían seguir abiertas hasta que se dé con los responsables.
Lourdes Aguilar señala que la empresa siempre les “jugó el dedo en la boca” con el tema del rescate. Y cuando lo recuerda, siente coraje.
Para la viuda, la exigencia de justicia es sencillo: “Para mí no quedó un perro, quedó el padre de mi hijo, y mira cómo lo dejaron ahí”.
Familias como la de Lourdes, a 20 años de la tragedia y con la recuperación de una tercera parte de los trabajadores, exigen la verdad, dicen que la verdad es más necesaria. “¿Qué pasó?”, se pregunta la viuda. “Cómo están saliendo los esqueletitos, completos. Nos mintieron que no había nada”.
A 20 años, y a pesar del cansancio, Lourdes recalca que la esperanza sigue intacta. “Seguiré esperando hasta que salgan. No me canso de pedirle a Dios que salga mi señor. Si ya esperamos 20 años, que no podamos esperar más”.
Cristina Auerbach, activista e integrante de la Organización Familia Pasta de Conchos, reclama que, a la fecha, las autoridades no han dicho qué pasó ni quiénes son los responsables. Critica, también, que se hable de “aniversario luctuoso”. “¿Qué es lo que van a celebrar?”, cuestiona.
Dice que hay toda una narrativa en la que el gobierno busca disminuir el impacto y restarles a las víctimas el derecho a la verdad, la justicia y las medidas de no repetición. Señala que las placas que colocaron en el memorial y las que han colocado en otros espacios refieren que los mineros han muerto en accidentes, cuando la mayoría, comenta, se ha demostrado que son siniestros.
