Hormigas atrapadas en ámbar cuentan cómo era la vida diminuta hace millones de años

Hormigas atrapadas en ámbar cuentan cómo era la vida diminuta hace millones de años

El estudio de gemas con varios seres en su interior permite recrear las interacciones entre diversas especies del pasado

Aunque hay muchos ámbares con algún ser vivo dentro, son menos los que incluyen dos o más seres vivos. Es el caso de un par de mosquitos atrapados en ámbar hace 130 millones de años que demostró que, a diferencia de ahora, entonces los machos también chupaban la sangre. Pero lo que es casi extraordinario es que en una de estas gemas se encuentren varios organismos interactuando, ya sea uno comiéndose al otro, parasitándolo o cooperando. La nueva edición de la revista científica Frontiers in Ecology and Evolution expone no uno, sino seis de estas piedras en las que quedaron congeladas en el tiempo otras tantas escenas de la vida de hace millones de años.

El ámbar es una gema orgánica que, antes de serlo, fue una resina vegetal. Muchos árboles, como las coníferas, la exudan para curar sus heridas, cayendo como lágrimas por sus troncos y ramas. En su camino, arrastran ramitas, hojas y hasta flores. La flor más grande, por ejemplo, lleva atrapada en una de estas piedras 38 millones de años. También caen en esta sustancia tan pegajosa pequeños seres vivos. En 2020, se encontró un dinosaurio no más grande que un colibrí en una de estas trampas anaranjadas. Pero lo habitual es que se lleven consigo pequeños seres, artrópodos, caracoles, gusanos… Al caer en un depósito de agua o quedar enterrada, se inicia un proceso de polimerización que la convierte en copal, una sustancia aromática, más translúcida, y que con el paso de cientos de miles de años termina por mineralizarse por completo.

“Se utiliza no sólo en el arte y la joyería, sino también para el estudio de los ecosistemas fósiles gracias a los organismos atrapados durante la formación del ámbar en un tiempo que puede durar un millón de años”, explica José de la Fuente, profesor de investigación del CSIC adscrito al Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos, coautor del estudio y responsable de la colección a la que pertenecen los seis ámbares protagonistas. “Las múltiples inclusiones en ámbar representan la coexistencia entre diferentes organismos con la posible interacción entre ellos”, añade.

Por su conservación en 3D, preservando detalles que no pueden conservar los fósiles convencionales (los animales y plantas que acabaron convirtiéndose en piedra), los paleontólogos pueden afinar hasta el nivel de la especie que quedó atrapada en una de estas gemas. Y si es más de uno, intentar reconstruir la relación que mantenían.

El llamado caso 2 es un buen ejemplo de una relación ecológica que aún existe. Se trata de una burmita, es decir, ámbar birmano o de Myanmar. Está entre los más antiguos, remontándose algunas piezas más allá de los 100 millones de años. También es el que más alegrías ha dado a los estudiosos de la vida del pasado lejano. Un trabajo liderado por el paleontólogo del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), Enrique Peñalver, descubrió hace unos años que los dinosaurios ya tenían garrapatas hace 99 millones de años. Y la garrapata estaba agarrada a una pluma del dinosaurio del que se alimentaba. Es uno de los casos de interacción, en este caso parasitaria, conservados en el ámbar.

El del caso 2 del nuevo estudio es otra relación biológica llamada mirmecomorfia o mirmecomorfismo, una estrategia evolutiva en la que un ser se hace pasar o se mimetiza con las hormigas. En este caso, en el ámbar aparece una araña que se habría mimetizado con una hormiga (myrmex, en griego).

“La araña se mezcla con las hormigas de forma empática, se introduce y se convierte en un aliado ecológico”, explica de la Fuente. Es una especie de colaboración: “Tanto uno como otro atraen o capturan alimento que sirva para los dos; en este caso, pudo suceder también que el desecho de uno todavía sirviera como posible alimento para el otro”, detalla el investigador. En su colección hay también un ámbar que considera único; dentro hay hormigas de grupos que hace mucho que se extinguieron, un mosquito, un caracol, un milípedo, restos vegetales y musgo. Algunas especies de hormigas tienen una relación de mutualismo con el musgo. Este ofrece refugio para ellas y su prole, mientras que los hongos que ellas cultivan sirven de fuente de alimento para la briofita.

Las seis cápsulas del tiempo analizadas tienen como protagonistas principales a las hormigas. “Los estudios anteriores que he realizado fueron sobre garrapatas fósiles, porque he trabajado durante muchos años en el desarrollo de vacunas para el control de garrapatas”, explica de la Fuente. “Además, son mucho más raras de encontrar en el ámbar”, añade. Pero se pasó a los formícidos. “Las hormigas son muy diversas, más fáciles de encontrar en ámbar que las garrapatas u otros insectos, y las encuentras en todos los periodos, desde el Cretácico hasta el Neógeno”. Pero, sobre todo, termina, “tienen un papel muy importante en la vida, son claves en los distintos periodos y ecosistemas”.

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